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FERNÁNDEZ BUEY, F.; Por una universidad democrática

Texto Miquel Caminal

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Por una universidad democrática
Francisco Fernández Buey
Ed. Intervención Cultural - El Viejo Topo

Por una universidad democrática
Francisco Fernández Buey

Ed. Intervención Cultural – El Viejo Topo
Mataró, 2009
320 páginas


Francisco Fernández Buey ha publicado un oportuno y necesario libro sobre el estado de la universidad en los últimos cincuenta años, desde los precedentes de la fundación del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB) hasta la aplicación del Plan Bolonia. El libro adopta el título Por una universidad democrática para señalar y explicar el papel protagonista del movimiento universitario en la lucha por la democracia en España y en la transformación democrática de la propia universidad heredada del franquismo. Esta lucha por la democracia influye en la revuelta universitaria que se produce en Europa y Estados Unidos en 1968, pero, a la vez, recibirá su impacto.

       Mayo del 68 fue la última contestación estudiantil de carácter general contra el capitalismo y el imperialismo, curiosamente cuando las sociedades posteriores a la Segunda Guerra Mundial se habían aclimatado al orden económico y político internacional que les había correspondido en la división del mundo en dos bloques. En pleno auge (final) del Welfare State, con amplios sectores de la clase trabajadora plenamente integrados, en confluencia con las políticas colaboradoras de los partidos socialdemócratas y comunistas de las democracias occidentales, la contestación universitaria causó impacto. El punto de contacto de las movilizaciones universitarias del 68 era la negación del sistema capitalista y la guerra del Vietnam como símbolo antiimperialista.

       Este ambiente contestatario en la universidad tenía sus derivaciones internas según las circunstancias políticas de cada país. Desde el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos hasta la oposición a la invasión de Praga por las fuerzas militares del Pacto de Varsovia, en agosto de 1968, nos encontramos en una época marcada por la guerra de Vietnam, pero también por la dominación soviética de la Europa oriental, por las dictaduras mantenidas por las democracias y por la persistencia de la guerra fría entre los dos bloques vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

       Ahora bien, en Barcelona, Mayo del 68 es un paréntesis de no más de dos años, en el que diversos grupos de extrema izquierda (maoístas, marxistas-leninistas, comunistas internacionalistas, trotskistas, etc.) se hacen con el protagonismo en la lucha universitaria relegando al PSUC y a otras fuerzas políticas socialistas que habían sido protagonistas en la fundación del SDEUB. La dictadura franquista era el factor principal en la explicación del origen y evolución del movimiento de estudiantes y profesores por una universidad democrática y por el restablecimiento de la democracia y la autonomía. La universidad fue la institución en la que más pronto se consolidó un movimiento antifranquista, a la vez que fue cantera de cuadros, los cuales pasaban a tener un papel activador de otros movimientos sociales (organizaciones sindicales y movimiento vecinal), así como del mundo de la cultura y de los colegios profesionales. Entre la fundación del SDEUB, en marzo de 1966, y la constitución de la Asamblea de Cataluña, en 1971, existe una línea de continuidad que no se puede comprender sin el PSUC y los universitarios comunistas influyentes en diferentes movimientos sociales e instituciones cívicas y profesionales. Los universitarios y el movimiento universitario tuvieron una importancia clave en las movilizaciones de los años setenta contra la dictadura y en el proceso interno de transformación democrática de la universidad catalana.

       En este marco hay que situar el debate sobre el desarrollo económico en los años sesenta y setenta, la expansión de las clases medias, el acceso de los hijos de la clase trabajadora a la universidad y los intentos de reforma tecnocràtica de la universidad.

       La hegemonía cultural de las izquierdas en la universidad y la politización de la comunidad universitaria, en paralelo al declive de la dictadura y a la fuerza creciente que iba adquiriendo la oposición democrática, marcan un debate sobre la transformación de la universidad en el marco de la sociedad del bienestar que no se detiene en la imprescindible reforma democrática de las instituciones universitarias, sino que entra de lleno en la defensa de una universidad pública y abierta, sin que pueda existir ninguna discriminación por condición social en el acceso a la enseñanza universitaria.

       Se defiende la universidad pública contra los intentos de impulsar la creación de universidades privadas al servicio de la “función de mandar”, como medida para asegurar la continuidad del sistema económico y la división social del trabajo; se promueve la autonomía universitaria frente al poder económico y político para proteger la libertad de cátedra en la realización de las funciones básicas de la universidad, como son la investigación científica y la transmisión de conocimientos; se defiende una universidad plenamente integrada en su entorno social, activadora de la cultura y comprometida con la libertad y la democracia; y, por último, se promueve una universidad catalana, con la plena recuperación de la lengua catalana y su uso en la enseñanza universitaria, una universidad identificada con la historia del movimiento universitario en Cataluña.

       Actualmente vivimos la contradicción entre la deseada y proclamada universidad pública, autónoma y democrática de aquellos tiempos, y fundamento de los procesos estatuyentes de las universidades democráticas después de aprobada la Ley de Reforma Universitaria (LRU, 1983), en comparación con una universidad que se ha convertido, en tiempos de democracia, en menos autónoma, menos pública y con menos compromiso político. ¿Qué ha pasado?

       El marco cultural e ideológico hegemónico en las últimas tres décadas ha sido el neoliberalismo, o más exactamente, el neoconservadurismo, que ha exaltado el papel dirigente del mundo empresarial en la economía y en la sociedad; que ha hecho creer en el individualismo económico como la vía de realización personal y de generación de riqueza colectiva; que ha elevado el mercado a la categoría de dios infalible en la fijación del precio justo y en la distribución de los bie-nes y recursos; que ha dejado ir sin trabas ni controles al capitalismo financiero como el motor de la economía mundial; y que ha sometido la política a la gestión de la economía. Las universidades no son islas impermeables, sino instituciones bien permeables a lo que pasa a su alrededor. El neoliberalismo también ha penetrado en la concepción y funcionamiento de la institución universitaria.

       Ha sido un proceso lento, que comenzó con un discurso gerencial partidario de aplicar criterios de gestión empresarial en el gobierno de la universidad, que ha multiplicado y distorsionado la vía abierta por el artículo 11 de la LRU, en virtud del cual el profesorado puede contratar (a través de los departamentos o institutos universitarios) trabajos de carácter científico, técnico o artístico; un artículo que ha resultado ser el origen de la confusión entre investigación científica y trabajos profesionales (bien retribuidos). Una universidad en la que el profesorado ha entrado en una carrera competitiva, obsesionado más por el currículo que por el saber. Lo que, en resumen, ha ido configurando una universitat pública mercantilizada, basada en palabras vacías como la repetida excelencia, y muy burocratizada. Este diagnóstico no equivale a disminuir en lo más mínimo el positivo cambio que representó la LRU en la cultura universitaria, en el cambio de las estructuras de gobierno y de organización universitaria, en la racionalización y estabilización del profesorado universitario, en la promoción de la investigación científica, en la propia dedicación y motivación de la comunidad universitaria para mejorar el funcionamiento de la institución. Pero la LRU no tuvo continuidad ni se han resuelto los déficits de la aplicación de la ley, especialmente la insuficiencia de recursos, las becas universitarias y la imprescindible reforma de las enseñanzas.

       El proceso de Bolonia se inscribe en este escenario de cultura neoliberal y de confusión sobre el futuro universitario, al que hay que añadir el gran paso atrás que supuso la Ley Orgánica de Universidades (LOU), de diciembre de 2001: una ley orientada al cambio de estructuras de poder universitario (que, por suerte, fracasó) y al empeoramiento del ya malo sistema de oposiciones (que también ha pasado a la historia). El Informe Universitat 2000, realizado por un grupo de profesores, encabezado por Josep M. Bricall, habría podido constituirse en el activador de un debate muy necesario para la reforma universitaria. Desde una visión socioliberal, planteaba una serie de medidas que convenía discutir, algunas de las cuales forman parte del Plan Bolonia. La aplicación del proceso de convergencia universitaria europea ha sido una oportunidad perdida para afrontar la reforma de las enseñanzas desde la revalorización de la docencia, como función básica de la universidad. Ha preocupado más la adecuación de la reforma de grados y másteres a supuestas necesidades del siempre mal denominado mercado, y desde concepciones pedagógicas pretendidamente innovadoras. Esta primera década del siglo XXI ha sido un periodo de profunda desorientación sobre el sentido y las funciones de la universidad, que se ha concretado en unos gobiernos de las universidades superados por la gestión y sin criterio de dirección. Una época caracterizada por una despolitización de la comunidad universitaria y por el corporativismo y absentismo del profesorado. Una universidad desmotivada y apolítica no es la institución que se necesita para responder a estas cuestiones. Bienvenido sea, pues, un libro que necesitamos para volver a un debate muy necesario, para saber de dónde venimos y qué queremos hacer como universitarios.

Primavera (abril - junio 2010)

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