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APPIAH, K. A.; La ética de la identidad | Cosmopolitismo. La ética en un mundo de extraños

Texto Daniel Gamper

Appiah defiende un cosmopolitismo arraigado que reconoce la existencia de nuestras fidelidades locales sin perder de vista nuestra común pertenencia a lo humano.

La ética de la identidad
Kwame Anthony Appiah
Katz
Buenos Aires, 2007
401 páginas

Cosmopolitismo. La ética en un mundo de extraños
Katz Buenos Aires, 2007
242 páginas

El autor de estos libros es hijo de ghanés e inglesa, vivió algunos años de su infancia en Ghana y después se trasladó a los Estados Unidos, en donde es profesor en la Universidad de Princeton. De sus textos se deduce que ha viajado por medio mundo, intentando informarse sobre las costumbres de los pueblos que ha visitado, su historia, su lengua y sus gentes. Asimismo, se mueve con soltura entre los clásicos griegos y romanos, en gran parte de la tradición literaria y filosófica occidental del pasado y del presente, y sigue con interés las informaciones actuales sobre el mundo que nos rodea. Es de suponer que si se le preguntara de qué país es o en qué consiste su identidad, respondiera prolijamente, mencionando su lugar de nacimiento, el lugar de nacimiento de sus padres, el color de su piel, sus diversas lenguas maternas, su inclinación sexual, sus estudios, el lugar en el que pasó la adolescencia, sus ancestros e incluso sus preferencias como espectador de hazañas deportivas. En realidad, nada que la mayoría de nosotros no nos viéramos obligados a hacer si tuviéramos que dar una respuesta satisfactoria y cabal a la pregunta sobre quién o qué somos. Los que, en cambio, se definen en términos de pureza cultural y aluden a una identidad forjada en una tradición cerrada, no prestan bastante atención al carácter moralmente diverso e históricamente contingente de lo que denominan “su” cultura. La contaminación, según Appiah, es la regla, el patrón al que obedece la imagen que tenemos de nosotros mismos.

La famosa cita de Terencio “Homo sum: humani nihil a me alienum puto” (soy humano y nada humano me es ajeno) explicita el credo cosmopolita. Sin embargo, el vínculo con el resto de los humanos, según Appiah, es tan imaginario como el que nos une a nuestra propia cultura, pero esto “no equivale a declarar que alguno de los dos sea irreal: ambos se cuentan entre los vínculos más reales que poseemos” (Cosmopolitismo, 182). Optar por el cosmopolitismo es una decisión ética. Pero no porque sea más coherente con la regla de oro que nos impone no querer para los otros lo que no queremos para nosotros. El argumento de Appiah al respecto ocupa todo el libro y no es de fácil síntesis, dado que más que una teoría, su libro es un esfuerzo por ilustrar, mediante innumerables historias particulares, las debilidades de las teorías que pretenden ofrecer soluciones a la mano. No ofrece recetas ni argumentos definitivos sobre las ventajas morales del cosmopolitismo, ni reduce la complejidad a esquemas maniqueos, de ahí que más vale que se abstengan de su lectura los que busquen un manual para mentes bienpensantes y socialdemócratas comme il faut.

     En la línea de los análisis de la llamada globalización a cargo de Jürgen Habermas, parte del factum de la diversidad. La diversidad no es tanto algo deseable como algo que, como se suele decir hoy en día, ha llegado para quedarse. La diversidad es constitutiva de nuestro mundo fáctico y de nuestro mundo normativo, de ahí que el análisis de la globalización tienda a contener un registro descriptivo y uno prescriptivo: facticidad y validez. En términos de Ulrich Beck, el cosmopolitismo y la cosmopolitización son hechos de nuestra modernidad; esto es, podemos reconstruir la adecuación a la diversidad en los términos de una expansión coherente de nuestros principios éticos. En este contexto, Appiah sostiene que no se puede dar la espalda a la hibridación cultural, pues es constitutiva de nuestro pasado, presente y futuro.Hay que adaptarse y hacerlo no es más que extender nuestras fidelidades y actuar en consecuencia. No consiste en abrazar las creencias de los otros como si fueran las nuestras, como quiere cierta visión caricaturesca del multiculturalismo. La meta no es el mestizaje, necesariamente. En realidad, la meta ya está aquí, y de lo que se trata es de explicitar las bases normativas sobre las que asumir las obligaciones cosmopolitas.

     El principio normativo que anima el empeño de Appiah se pone de manifiesto en esta declaración: “Cada una de las personas que conocemos y en quienes podemos influir es alguien ante quien tenemos responsabilidades: decir esto no es más que afirmar la idea de moralidad propiamente dicha” (Cosmopolitismo, 15). A esta noción le añade Appiah dos aspectos: “Tenemos obligaciones que se extienden más allá de aquellos a quienes nos vinculan lazos de parentesco, o incluso los lazos más formales de la ciudadanía compartida”, y hay que “tomar en serio el valor, no sólo de la vida humana, sino también de las vidas humanas particulares, lo que implica interesarnos en las prácticas y creencias que les otorgan significado” (18). De esto se concluye que podemos aprender mucho de las diferencias entre nosotros. El mensaje no difiere en nada del discurso políticamente correcto del respeto a la diferencia por la diferencia misma. Sin embargo, Appiah destaca las dificultades de armonizar estos dos principios.

     Lo que defiende es un “cosmopolitismo parcial” o arraigado que no acepta ni las parcialidades del nacionalismo ni la intransigencia del cosmopolitismo incondicional, esto es, que reconoce la existencia de nuestras fidelidades locales sin perder de vista nuestra común pertenencia a lo humano y las exigencias que de ella se derivan.

     El ideal cosmopolita tiene que ver con los otros. ¿Cómo debemos encontrarnos con el otro? Si, por ejemplo, defendemos el derecho del musulmán de ir a la Meca, no es porque compartamos sus motivos para hacerlo, sino porque creemos que las personas deben seguir los dictados de su conciencia y porque queremos ver nuestra conciencia a salvo de los vaivenes de los poderosos. Esa no es la razón por la que los musulmanes van a la Meca, pero no es necesario compartir sus razones para reconocer su derecho a peregrinar. Esta forma de respeto no alcanza para abandonar las propias creencias y sustituirlas por las de los extraños, es más bien una forma de tolerancia que alude a los derechos de las personas cuando no se comparten los motivos que arguyen para actuar cómo lo hacen.

     El cosmopolitismo parcial que defiende Appiah se distingue del universalismo en que, si bien cree que los vocabularios de las diferentes culturas se superponen lo suficiente como para que podamos iniciar conversaciones, no podemos alcanzar acuerdos como si dispusiéramos del mismo vocabulario. La tesis es aún más radical, pues el autor sostiene que ni siquiera en el marco de una misma cultura es posible lograr acuerdos sobre el lenguaje valorativo, dado que este lenguaje es esencialmente controvertido y, por tanto, su significado debe ser determinado en todos los casos a partir de discusiones nunca definitivas entre los usuarios del lenguaje. En estas discusiones se deben dar razones y al hacerlo no podemos evitar universalizar, pues hay una audiencia, la de nuestros posibles interlocutores u oyentes que no necesariamente comparten nuestra cosmovisión, ante la que, en una u otra medida, nos tenemos que justificar.

     Pero para resolver las desavenencias profundas no basta con buenas razones. Puesto que se trata, en definitiva, de cuestiones prácticas en las que no es tan importante llegar a un acuerdo sobre los principios que guían nuestras respectivas acciones, como alcanzar una forma de coexistencia no violenta, lo que cuenta es lo que hacemos. Esto se aprecia en las diversas justificaciones que los ciudadanos de una misma sociedad pueden ofrecer de los principios constitucionales. No todos los que aceptan estos principios están de acuerdo sobre su justificación. Podemos llegar a un acuerdo sobre qué debemos hacer sin que sea necesario estar de acuerdo en por qué debemos hacerlo. Los cambios de prácticas en las sociedades son el resultado de modificaciones de los hábitos que sólo de manera retrospectiva son razonados. La razón no es, pues, el instrumento que nos permite entendernos en las conversaciones con los que piensan de modo diferente a nosotros. Las conversaciones sirven únicamente para poner de manifiesto las discrepancias profundas entre nosotros. Lo que en última instancia propicia los cambios sociales y modifica las prácticas son los hábitos y el hecho de que “las personas se acostumbran unas a otras” (Cosmopolitismo, 124).

     Estas cuestiones que Appiah ilustra con profusión de ejemplos en Cosmopolitismo son analizadas con mayor rigor filosófico en La ética de la identidad. Este ambicioso libro, que a buen seguro será objeto de discusión académica los próximos años, desarrolla los fundamentos normativos del cosmopolitismo en una argumentación que bebe del liberalismo de John Stuart Mill. La armonización del principio de autonomía de las personas con las prácticas institucionalmente promovidas, esto es, el papel del Estado en relación con las identidades, es una de las reflexiones que guían el argumento del libro. En contra de lo que cabría esperar, su sesgo no es ni comunitarista ni multiculturalista. Se trata, en sus términos, de un pluralismo blando no exento de cierto pragmatismo, es decir, más atento a las prácticas que a las ideas, a lo que hacemos que a por qué lo hacemos o deberíamos hacerlo.




Primavera (marzo - junio 2008)       

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