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Discurso, poder y élites simbólicas

Texto Teun A. van Dijk Universitat Pompeu Fabra

 PAR76050
© Erich Lessing / Magnum Photos / Contacto
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© Carlos Fernández / EPA / Corbis

Los estudios críticos del discurso se interesan especialmente por el abuso del poder, por las formas ilegítimas mediante las cuales las elites simbólicas controlan el discurso y la mente pública. De este modo, se controlan las creencias, el conocimiento y las actitudes de los ciudadanos en contra de sus propios intereses y a favor de los intereses de quienes están en el poder. Este control no se consigue, necesariamente, con amenazas y manipulación flagrantes; las formas más efectivas de controlar la mente con el discurso son sutiles e indirectas y, por ello mismo, difíciles de detectar, resistir o criticar. Se hace imprescindible un análisis cuidadoso del discurso para investigar críticamente estas formas de uso del lenguaje y la comunicación.

El poder se asocia normalmente con aquellas personas que controlan más recursos sociales, políticos o económicos que otras. La gente con poder tiene más dinero y propiedades, son más famosos o toman más decisiones sobre más gente. Lo que es especialmente influyente en la sociedad moderna es el poder simbólico de aquellos que controlan la información, la comunicación y el conocimiento.

       Uno de estos recursos simbólicos es el acceso a los discursos políticos y el control sobre ellos, entre los que figuran los discursos de política, de los medios de comunicación, de la educación, de la ciencia, de la literatura o de la burocracia. Por tanto, una de las principales tareas de los estudios críticos del discurso es investigar detenidamente cómo las elites simbólicas ejercen su poder discursivo y comunicativo, y a veces abusan de él.

       La importancia del poder discursivo no se limita al control de la producción, los contenidos, el estilo y la distribución de la multitud de discursos de la vida social. Es crucial el papel del discurso en formar y transformar el conocimiento, las creencias, las emociones, las opiniones, las actitudes y las ideologías. Aquellos que controlan el discurso público indirectamente controlan la mente pública. Esta triangulación entre el discurso, la cognición y la sociedad es una de las principales tareas de los estudios críticos del discurso.

        El ejercicio de poder en la sociedad puede ser más o menos legítimo. Los estudios críticos del discurso se interesan especialmente por el abuso del poder, es decir, a través de formas ilegítimas mediante las que las elites simbólicas controlan el discurso y la mente pública. De este modo, se controlan las creencias, el conocimiento y las actitudes de los ciudadanos en contra de sus propios intereses y a favor de los intereses de aquellos que están en el poder. Esto no tiene lugar necesariamente mediante flagrantes formas de amenazas y manipulación, sino que las formas más influyentes de controlar la mente con el discurso son más bien sutiles e indirectas, y por tanto resultan difíciles de detectar, resistir o criticar. Esta es la razón por la que se requiere un sofisticado análisis del discurso para poder investigar críticamente estas formas del uso del lenguaje y la comunicación.

 

El control del contexto

Si el poder social de las elites simbólicas se define ante todo por el acceso privilegiado al discurso público, se hace necesario comenzar por examinar dichas formas de acceso.

       Aunque hay numerosas definiciones de "discurso", como, por ejemplo, que es un evento comunicativo, una interacción verbal o una forma del uso del lenguaje socialmente situacional, aquí lo definiremos simplemente como un texto multimodal en su contexto social. Así pues, controlar el discurso equivale a controlar el texto y el contexto.

       El contexto del discurso es la manera en que los participantes definen las dimensiones sociales relevantes de la situación comunicativa, como puede ser el setting (escenario temporal y espacial), los participantes (sus identidades sociales, sus papeles y sus relaciones), los actos actuales sociales consumados por el discurso, así como las intenciones y el conocimiento de los participantes. Dichos contextos influyen en el discurso de tal modo que se adecua a la situación comunicativa. Por ejemplo, las personas que escriben las noticias lo hacen como periodistas, en un lugar y un momento determinado, con un determinado plazo, para un público en concreto con un conocimiento específico, y lo hacen con el objetivo de informar a los lectores sobre los hechos recientes, y desde la perspectiva de una ideología profesional o social específica. En este contexto de realización de las noticias, cada periodista subjetivamente las interpreta y las actualiza en el proceso de redacción, que condiciona la manera en que la noticia se adapta a la situación comunicativa.

       Las elites simbólicas controlan el contexto del discurso, y por tanto indirectamente el discurso en sí mismo, ya que deciden quién puede hablar o escribir, el qué, el dónde, el cuándo, y con qué intenciones u objetivos. Por tanto, sólo determinadas personas tienen acceso activo, como pueden ser los diputados en los debates parlamentarios, el consejo de administración en una reunión de una empresa o el consejo editorial de un periódico. En cuanto a las clases en la universidad, los juicios o los interrogatorios policiales, es la profesora (véase nota al final del artículo sobre el uso de este género gramatical en este párrafo) y no la estudiante quien decide sobre el marco de la clase o el examen; es la jueza la que decide quién puede o debe tomar la palabra en un juicio, si la fiscal, la abogada defensora o la testigo; es la editora quien decide a quién se entrevistará o se citará con la prensa. Y serán generalmente hombres blancos de clase media en posiciones superiores, y no mujeres, ancianos, niños, personas de color o indígenas, de clase obrera o inmigrantes. En resumen, quien controla el contexto controla en gran medida el texto. Aquellas elites que son más poderosas controlan la mayoría de los contextos y los discursos públicos más influyentes.

 

El control del texto

Además de la importancia del control del contexto por otras elites, es por supuesto decisivo quién controla la producción, los contenidos y el estilo del discurso en sí mismo. Los políticos y empresarios pueden tener un control parcial del contexto de la producción de noticias, pero será finalmente el reportero y el editor de una prensa libre quienes decidan lo que se va a cubrir en la prensa y especialmente el cómo. Por tanto, es necesario analizar sistemáticamente las distintas maneras en las que se controla el discurso público. Para ello, exploraremos a continuación algunas de las principales dimensiones del discurso.

       Temas. Los temas del discurso muestran la información más importante del texto. Es, en esencia, de lo que el texto trata globalmente. Dichos temas se expresan habitualmente en los titulares y cabeceras, y son fácilmente memorizables por los usuarios de los medios de comunicación. Quien controla los temas del discurso político controla aquello sobre lo que la gente piensa y habla, a menudo incluso independientemente de los intereses de los ciudadanos, tal como podemos ver en la prominencia de los temas relacionados con Irak, el terrorismo, la crisis económica o la inmigración en los discursos políticos y mediáticos. Por tanto, existe una correlación entre la prominencia de los temas en los medios de comunicación y aquello por lo que los ciudadanos muestran más preocupación en las encuestas.

       Significados locales. Los significados globales controlan los significados locales del discurso. Así, en una noticia sobre un ataque terrorista, podemos esperar significados locales relacionados con agresión armada, bombas, víctimas, terrorista (habitualmente árabes o musulmanes, porque a las agresiones armadas de nuestra gente no se las llama "terrorismo"). Además de estos significados locales controlados, hay otros aspectos del significado de las frases que son cruciales para nuestra comprensión y que pueden ser controlados por las elites simbólicas. En primer lugar, la selección del léxico puede ya implicar un juicio o un valor, por ejemplo cuando hablamos de "terroristas" en vez de "rebeldes" o "combatientes por la libertad". En segundo lugar, una frase puede mostrar expresiones modales, como "posible", "probable" o "necesario": por ejemplo cuando una noticia describe una intervención policial como necesaria, no lo está haciendo de una forma neutral. En tercer lugar, mucha de la información del discurso permanece implícita, como cuando se deja implícita o se presupone en una frase, por ejemplo cuando los políticos dicen que es preocupante el nivel de criminalidad entre inmigrantes o minorías, pues presuponen que estos son de algún modo más criminales que otros. Además, los discursos pueden describir hechos más o menos vagamente o con más o menos precisión, con más o menos detalles, en términos más generales o más específicos, y todo esto para enfatizar lo buenos que somos "nosotros" y lo malos que son "ellos". Y, por último, entre otros muchos aspectos de la semántica del discurso, las metáforas son particularmente poderosas para expresar y dar forma a la manera en que pensamos, como sucede comúnmente en el caso de la descripción de la llegada de inmigrantes con el término "oleadas"; en otras palabras, como una gran cantidad de agua amenazante en la que podemos ahogarnos.

       Sintaxis. Incluso la estructura formal de las frases puede desempeñar un papel en la manera en que las elites simbólicas representan sucesos o acciones en el discurso público. Así, se suelen encontrar nominalizaciones de tipo discriminatorio sin hallar quién lleva a cabo dicha discriminación. Del mismo modo, un titular con una frase pasiva como "Manifestantes muertos" puede no decirnos que ha sido la policía quien ha perpetrado dichas muertes, de modo que se oculta la responsabilidad de "nuestra" policía. De nuevo, encontramos que la estructura del discurso puede enfatizar las malas intenciones de los otros y desenfatizar las malas acciones de nuestra propia gente.

       Formatos globales. No sólo las formas locales de sintaxis, sino también los formatos globales de los géneros discursivos pueden ser relevantes en el modo en que se expresa el significado o la información a los ciudadanos. Una cosa es contar los hechos, y otra diferente es argumentar a favor o en contra de una opinión. Es más, dichos argumentos pueden poner de relieve falacias capaces de manipular la forma en que los ciudadanos toman partido en torno a una cuestión pública.

       Retórica. Ya hace más de dos mil años, los filósofos cono-cían el uso persuasivo del lenguaje y el discurso, y producían tratados sobre las maneras eficientes de hablar en público; esta retórica se ha enseñado de una forma más o menos intensiva a lo largo de los siglos, hasta hoy en día. Suele ser a través de estos medios retóricos como podemos exagerar o mitigar el modo que tenemos de hablar a la gente, como sabemos que sucede con el uso de las hipérboles y los eufemismos. Y, de nuevo, las cosas negativas de los "otros" habitualmente se exageran con hipérboles, mientras que nuestras cosas negativas tienden a formularse con eufemismos. Por ejemplo, nuestro racismo se suele mitigar con expresiones como "descontento popular", que suena incluso democrático.

       Vemos que hay numerosas formas a través de las cuales las elites simbólicas pueden dar forma al discurso de manera que refleje su punto de vista y sus intereses sobre determinados sucesos públicos. En todos los niveles del discurso público encontraremos formas de ideología más o menos sutiles, objetivos e intereses de las elites que se implican de acuerdo con la estrategia general de enfatizar nuestras cosas buenas y sus cosas malas y desenfatizar nuestras cosas malas y sus cosas buenas.

 

Cognición

El control del discurso público por las elites no sería un problema si dicho discurso no tuviera ninguna influencia en los ciudadanos. Y es cierto que a la gente no se le influye automática y directamente con lo que leen, oyen o ven en los medios de comunicación. La gente tiene sus propias ideologías, actitudes y opiniones sobre numerosas cuestiones públicas, y estas influirán decisivamente en la manera en que leen, entienden y aceptan o rechazan hechos u opiniones que se enfrentan en el discurso público. En otras palabras, la autonomía de los ciudadanos más o menos independientes, bien informados e inteligentes es crucial para la manera crítica en que evalúan y, si es necesario, se resisten al discurso público persuasivo.

        Sin embargo, también sabemos que no todos los ciudadanos siempre, en todas las situaciones y sobre todos los temas, son capaces de leer, entender y resistirse al discurso público. Muchos de nosotros carecemos del conocimiento adecuado sobre asuntos internacionales, sobre economía e incluso sobre muchas cuestiones sociales. Sin dicho conocimiento sólo seremos capaces de entender parte de lo que nos dicen los políticos, los profesores o los periodistas y, por tanto, es mucho más difícil juzgar lo que dicen. Por ello, estudiaremos más en detalle no sólo cómo las elites controlan el discurso público, sino también la mente pública, es decir, el conocimiento público, las actitudes e ideologías; en otras palabras, lo que llamamos cognición social.

 

Modelos de contexto

Hemos aprendido de la psicología cómo la gente entiende el discurso. En primer lugar, las personas se forman una representación mental de la actividad vigente y su entorno social vigente, como por ejemplo estar en casa, en la oficina o en la calle. Al enfrentarse a cualquier forma de discurso o mensaje, se forman más específicamente una representación mental de la situación comunicativa y representan el escenario vigente (como el tiempo y el lugar); se representan a sí mismos como lectores de un periódico, o televidentes de un programa; representan quién está hablando o quién ha escrito el texto, y cuáles son sus propios objetivos cuando leen un periódico, ven la televisión, escuchan un discurso, participan en una clase o un debate, entre otras muchas formas de discurso público en el que participan de una forma más o menos activa o pasiva. Esta representación mental de la situación comunicativa vigente se llama modelo de contexto o simplemente el contexto de comunicación del receptor. Este modelo es como cualquier otra experiencia social en la que participamos en nuestra vida cotidiana.

       Y del mismo modo que los receptores interpretan y actualizan dinámicamente sus modelos de la situación comunicativa, también los hablantes o escritores lo hacen al hablar o escribir, tal y como hemos visto más arriba al tratar el tema del control del contexto. De hecho, en lugar de decir que las elites controlan el contexto del discurso público, deberíamos decir que controlan los complejos modelos de los emisores del discurso público.

       Los modelos de contexto desempeñan un papel crucial en la comunicación. Los modelos de contexto de los emisores del discurso, tal y como hemos visto, controlan cómo el discurso se adapta a la situación comunicativa. Lo mismo ocurre con los modelos de contexto de los lectores o televidentes de un discurso público. Los lectores o televidentes tienden a adaptar, por un lado, lo que leen, entienden y memorizan a lo que ellos creen que son las intenciones de los hablantes o escritores pero, por otro lado, adaptan lo que leen o entienden a sus propios objetivos, conocimiento, opinión, actitudes e ideologías de intereses. Es también por esta razón por lo que ese discurso no causa automáticamente interpretaciones específicas.

        En otras palabras, incluso antes de empezar a leer o escuchar las primeras palabras de un discurso, los receptores ya han inferido un modelo de contexto parcial que influirá y guiará el modo en que van a leer, escuchar y entender el discurso en el que están participando. Durante la interpretación del discurso, elaborarán más en profundidad el modelo de contexto.

       Como hemos dicho, los modelos de contexto que representan nuestra continua experiencia comunicativa son como cualquier otra experiencia cotidiana. Tan pronto como nos levantamos por la mañana inferimos un modelo mental de nosotros mismos, del entorno, de los otros participantes, de la situación o la acción, así como de nuestras intenciones y objetivos. Es este modelo de experiencia el que controla todo lo que hacemos de manera que se adecue al entorno concreto.

       Se sabe que los modelos mentales se almacenan en la llamada memoria episódica, que es parte de la memoria a largo plazo en la que la gente representa sus experiencias personales y autobiográficas. Cuando recordamos algo de nuestro pasado, buscamos y activamos el modelo mental de nuestra memoria episódica. Estos modelos mentales no sólo muestran lo que sucedió o lo que hicimos, sino también nuestras opiniones y emociones acerca de lo que sucedió. Por lo tanto, no son representaciones objetivas de lo que sucedió, sino que son esencialmente personales y subjetivas, aunque tienen una base social, porque también la interpretación de las situaciones, los sucesos o las acciones está, por supuesto, relacionada con el conocimiento general que compartimos con otras personas de nuestra misma cultura o comunidad.

 

Modelos referenciales

Los modelos de contexto no son los únicos modelos involucrados en la producción y la comprensión del discurso. Los usuarios del lenguaje también infieren modelos mentales de las situaciones, los sucesos o las acciones a las que se refiere el discurso. Es más, comprender e interpretar un discurso significa inferir un modelo mental de la situación a la que se refiere. Mientras que a los modelos contextuales se les puede llamar pragmáticos, a los modelos referenciales (a veces también llamados modelos situacionales) se les puede llamar semánticos.

       También los modelos referenciales son subjetivos, como lo es toda interpretación del discurso. Podemos leer sobre la crisis económica en el periódico, y no sólo interpretar lo que la noticia dice, sino también asociar estos conceptos con nuestra opinión personal o incluso con una emoción.

       Uno de los principales objetivos de toda comunicación es asegurarse de que los receptores comprenden lo que los hablantes o escritores quieren decir en realidad. En otras palabras, esto implica que los receptores se formen el modelo mental que el hablante o el escritor prefiere.

       Nos encontramos aquí con lo que describimos como control mental, es decir, el control discursivo de los modelos mentales de los receptores del discurso público. Si ese discurso puede manejar los modelos mentales de los ciudadanos sobre distintos sucesos públicos, las elites simbólicas habrán alcanzado uno de sus principales objetivos comunicativos.

       Para poder influir tanto en los modelos contextuales como en los referenciales de los receptores, los emisores del discurso público deben asegurarse de que su discurso está organizado de modo que sea más probable dar forma a los modelos mentales de los ciudadanos de la manera que las elites simbólicas lo prefieran. Tal y como hemos visto, habitualmente lo harán tratando los temas más influyentes, los argumentos más persuasivos, o la retórica más impresionante en todos los niveles del discurso.

       Esto en sí mismo no es un problema, puesto que todos nos comunicamos con la intención de que la gente comprenda lo que decimos y lo que queremos decir. Esto también se aplica al discurso público. Sin embargo, si estos modelos mentales reflejan el modo en que las elites simbólicas quieren que interpretemos lo que pasa en el mundo, dichos modelos, por supuesto, serán sesgados. Y si son sesgados en interés de las elites simbólicas, y en contra de los intereses de los ciudadanos, la información o persuasión puede convertirse en una manipulación. Este suele ser el caso, por ejemplo, de las noticias sobre inmigración, en las que la llegada de un grupo de inmigrantes se representa como una amenaza, o en las que el comportamiento culturalmente diferente de los inmigrantes se representa como desviado/anormal y, por tanto, como problemático.

 

Conocimiento

Los modelos mentales son representaciones subjetivas de sucesos únicos. Gran parte de la comunicación y el discurso, sin embargo, no se limita a informar o manipular a los receptores sobre un hecho particular. Como sucede con el discurso educativo, también hay muchos otros discursos que tienen como objetivo influir en nuestro conocimiento de manera más general. Esto es lo que llamamos aprendizaje. Leer un periódico, ver la televisión, o leer una novela supone también un aprendizaje sobre el mundo en general, y no sólo sobre el hecho en concreto. Es en este sentido en el que el discurso es crucial en la formación de nuestro conocimiento general. Una de las maneras en que esto ocurre es a través de la generalización de los modelos mentales. Al leer o escuchar las noticias sobre Irak, la gente generalmente aprende sobre la guerra, las bombas, el terrorismo, el antiterrorismo, sobre los países del Oriente Medio, sobre Estados Unidos, etc. E, igualmente, sólo somos capaces de entender el discurso y, por tanto, inferir los modelos mentales de los sucesos del mundo si ya tenemos una gran base de conocimiento. Esto hace que el discurso sea implícito e incompleto, porque los usuarios del lenguaje saben que los receptores pueden inferir la información que falte gracias a su propio conocimiento del mundo. Los discursos son como los icebergs, en los que normalmente sólo la nueva información se expresa, mientras que la información presupuesta o implícita permanece invisible en el texto -aunque obviamente está presente en el modelo mental del texto­.

       La educación, la información, la persuasión y la manipulación son, entre otras, formas de comunicación discursiva que suponen la formación y la transformación de representaciones generales socialmente compartidas como el conocimiento, por ejemplo a través de la generalización de los modelos mentales. De nuevo, se tratará del tipo de conocimiento preferido por las elites simbólicas, y éste será generalmente un conocimiento que es acorde con sus intereses.

 

Actitudes e ideologías

El discurso público a menudo no se limita a la comunicación del conocimiento preferido por las elites. No sólo tenemos conocimiento sobre el mundo, sino que también tenemos opiniones personales sobre lo que sucede en el mundo, tal y como hemos visto en la formación de los modelos mentales. Si estas opiniones son compartidas por mucha gente y si se trata de cuestiones importantes de la vida social, hablamos de actitudes; el aborto, la eutanasia, la crisis económica o la inmigración son algunos de los temas que generan gran variedad de actitudes.

       Si las elites simbólicas son capaces de formar actitudes en los ciudadanos sobre temas sociales cruciales, no es necesario que influyan en todos y cada uno de los modelos mentales de cada hecho, porque los ciudadanos formarán un nuevo modelo mental de cada tema, de acuerdo con sus actitudes más generales y fundamentales.

       Finalmente, ni siquiera estas actitudes son el objetivo final en el discurso y la comunicación. Sería incluso más eficiente si pudiéramos no tan solo influir en las actitudes de la gente, sino también en sus ideologías más generales. Por tanto, si fuéramos capaces de influir de manera gradual en los ciudadanos para que construyan, por ejemplo, una ideología neoliberal, que a la vez organiza sus muy diversas actitudes sobre el mercado, los empleos, las relaciones entre el Estado y las empresas, controlaríamos eficientemente una gran cantidad de los modelos mentales sobre sucesos específicos en la sociedad.

       En otras palabras, el control ideológico es el objetivo esencial en las muy diversas formas del discurso público. Una vez que seamos capaces de formar y confirmar las ideologías de la gente, controlaremos indirectamente la formación de sus nuevas actitudes, y estas actitudes influirán sucesivamente en la formación de modelos mentales. Estos modelos mentales son cruciales en la producción y comprensión del discurso y, más en general, en el manejo de la interacción cotidiana.

       Con esto completamos el círculo del poder discursivo, empezando con el poder de las elites simbólicas para controlar el contexto de la producción discursiva, que a su vez controla las formas y el contenido del discurso que controla los modelos mentales de la interpretación, que finalmente controlan y son controlados por el conocimiento socialmente compartido, las actitudes y las ideologías subyacentes, y que, de nuevo, influyen en la conducta de la gente y, por tanto, en su discurso.

 

Discurso, poder y legitimidad

Hay que repetir que el control ideológico no es necesariamente malo. La mayoría de nosotros educamos a nuestros hijos de manera que tengan ideologías democráticas. Hemos sido influenciados a través de diferentes mensajes que nos han re-educado para convertirnos en ciudadanos más ecológicamente conscientes. Podemos intentar contribuir a la formación de una perspectiva feminista en las relaciones de género, o quizás de una ideología más social y más consciente de las clases sociales. Educamos a nuestros estudiantes con nuestras perspectivas ideológicas sobre la investigación científica, etc. Por las mismas razones, no todas las acciones de control discursivo e ideológico de las elites simbólicas deben verse como algo esencialmente negativo. El problema, sin embargo, aparece cuando las elites simbólicas abusan de su poder discursivo, o sea, cuando ese poder va en contra de los intereses de los ciudadanos y a favor de los intereses de las propias elites. Aquí nos encontramos con la cuestión fundamental de la legitimidad y entramos en el área estudiada específicamente por los analistas críticos del discurso.

       No es fácil distinguir entre los usos de poder discursivo legítimos e ilegítimos. ¿Cuándo exactamente la influencia de un profesor en sus estudiantes es beneficiosa para los estudiantes y cuándo empieza la manipulación? Lo mismo se puede preguntar sobre los debates de los políticos en el Parlamento, sobre los periodistas al informar al público, o las empresas al anunciar sus productos o servicios. Probablemente no es muy cínico asumir que la mayoría del discurso y la comunicación está al servicio de los intereses propios. La mayoría de nosotros, en numerosas ocasiones, intentará persuadir a otras personas para que piensen y actúen como nosotros queremos. Lo mismo sucede obviamente con las elites simbólicas y, por tanto, la diferencia entre el control legítimo e ilegítimo del contexto, el texto y la mente es, probablemente, bastante confusa.

       Observemos un ejemplo concreto de mi propia investigación sobre el racismo y el discurso. Los periódicos informan diariamente sobre la llegada de nuevos inmigrantes. Sabemos que estas noticias han creado con frecuencia actitudes negativas hacia los inmigrantes y la inmigración, e incluso han conducido a ideologías racistas más fundamentales entre numerosos europeos blancos. Los periodistas probablemente negarán que su modo de cubrir la información sea el culpable de dichas tendencias racistas. Proclamarán, en cambio, que sólo informan de los hechos, o culparán a los políticos de que aprovechan el tema de la inmigración para propagar actitudes racistas. Por ello, ¿cuándo puede considerarse que informar sobre nuevos inmigrantes es una forma legítima de dar información, y cuándo es ilegítima, o incluso una práctica racista de manipulación de las actitudes de los ciudadanos?

       Un análisis crítico del discurso de dicha cobertura mediática mostrará que esas noticias no son descripciones neutrales, y mucho menos objetivas, de los hechos. Los titulares, las metáforas, los adjetivos y otras muchas maneras en las que se describe a los inmigrantes, o su llegada, expresan y transmiten, a veces de una manera muy sutil, opiniones y actitudes negativas sobre los "otros". La inmigración se suele representar como un problema (es decir, un problema para "nosotros" y no para "ellos"), formulado metafóricamente en términos como "oleadas" o "avalanchas" y enfatizado retóricamente por un continuo juego de números en el que se especifica cuánta gente nueva ha llegado. Por el contrario, sólo es necesario compararlo con la forma en que se habla de la llegada de turistas o congresistas extranjeros, básicamente como una ventaja económica para el país. A pesar de que la mayoría de los análisis económicos sobre la inmigración han mostrado que las contribuciones de los inmigrantes a nuestra economía son fundamentales, resulta chocante que se tienda a representar a los inmigrantes, especialmente a los provenientes de países no europeos, en términos negativos.

       Y una vez que los inmigrantes están "aquí", la cobertura informativa negativa no se queda ahí. Porque entonces leemos noticias y artículos de opinión sobre los problemas de integración, las diferencias en el lenguaje o la religión, los distintos hábitos culturales, y otros tantos aspectos que, de algún modo, parecen resultarnos molestos. Un ejemplo crucial es el tratamiento mediático del uso del hiyab por parte de algunas mujeres musulmanas. De repente, muchas de nuestras elites simbólicas, incluso algunas de izquierdas, se preocupan muy seriamente por esta tan importante amenaza a nuestra cultura, o por la dominación del hombre sobre la mujer, a veces incluso pasando por alto la continua dominación sobre las mujeres que existe en nuestras propias sociedades.

       Por otro lado, los verdaderos problemas de los inmigrantes apenas son recogidos en la prensa, como por ejemplo las muchas maneras de prejuicios, discriminación y racismo a los que tienen que enfrentarse diariamente, el continuo acoso de la policía y los burócratas, el interminable papeleo que tienen que llevar a cabo, los serios problemas para aprender otro idioma, el intentar encontrar un trabajo decente teniendo que aceptar un salario más bajo que los trabajadores autóctonos, el ser tratados como sospechosos en las tiendas, el tener que criar a sus hijos en un entorno tan hostil, y una gran lista de etcéteras más. Sobre esta vida cotidiana de los inmigrantes y las minorías casi no aparece nada en la prensa. Estos son hechos. Y sobre estos hechos no se puede leer casi nada.

       Por tanto, lo menos que podemos decir es que esta cobertura informativa es sesgada, egocéntrica, incompleta y, a menudo, negativa. Si sucede lo mismo con buena parte del discurso político sobre inmigración, y si dicho discurso alcanza a los ciudadanos, de nuevo a través de los medios de comunicación que no son muy críticos con ese discurso político, es pertinente concluir que este discurso dominante condiciona la formación de prejuicios étnicos e ideologías racistas entre la población en general. Y puesto que dichas actitudes e ideologías son convenientes para nosotros, ya que mantienen el control del europeo blanco sobre nuestras sociedades y, por el contrario, perjudican a los recién llegados, hay que concluir que dicho discurso es ilegítimo.

       Se podrían dar muchos otros ejemplos de dominación discursiva ilegítima, por ejemplo en la forma en que los libros de texto expresan y comunican las ideologías dominantes, cómo se sigue estereotipando a las mujeres en muy diversas formas de texto e imagen, y cómo los medios de comunicación conceden acceso preferencial a las elites simbólicas y no a otras muchas personas.

       Los estudios críticos del discurso apuntan a investigar estas prácticas discursivas ilegítimas, ya que son formas de dominación social y política. Es nuestro objetivo arrojar luz sobre las formas sutiles con que el poder se reproduce discursivamente en la sociedad, en la esperanza de que estos análisis críticos contribuyan a la formación de una posible resistencia contra dichas formas de dominación discursiva.

 

Traducción del inglés: Gemma Rubio. Más información sobre la investigación de Teun A. van Dijk en http://www.discursos.. El autor agradecerá los comentarios a su artículo en la dirección vandijk@discursos.org.

 

Nota

En uno de los párrafos del artículo he preferido utilizar solamente las formas femeninas para que así, evitando el uso común de las formas masculinas de las profesiones y ocupaciones, y también el doble uso de las formas masculinas y femeninas, se note un poco el efecto sobre la lectura del uso exclusivo de un género gramatical, normalmente el masculino. Obviamente, esto es uno de los múltiples tópicos en el estudio del rol del lenguaje y del discurso en la reproducción del poder, un rol a menudo negado por aquellos (e incluso aquellas) lingüistas que creen que el uso del género gramatical (masculino) no tiene nada que ver con las relaciones de poder de género en la sociedad.

 

Invierno (enero - marzo 2010)       

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